¡Bienvenido!

Newsletter 7 - Septiembre de 2011


A1 A2

Mi Valor
Intrínseco

b2 "Cada uno es el agua de la sed que tiene."
Anónimo
Por: Santiago Mariño

Una de las metáforas que con mayor recurrencia salen en los talleres que facilito, es la metáfora del humilde y del humillado. En los espacios en que se permite, o cuando se hace coaching grupal, es muy común que surja de una forma u otra una especie de memorial de agravios de parte de quienes se sienten o se han sentido agredidos o humillados por sus compañeros o por su jefe. Pero al mismo tiempo, pocas son las personas a quienes les queda fácil diferenciar entre “humillación” y “humildad”, aunque intuitivamente sientan la diferencia. Afortunadamente, durante el transcurrir del taller casi siempre alguien termina dándole de lleno al clavo y dice la palabra mágica: Valor.

Una persona humilde es alguien que, como lo diría Danah Zohar, “conoce su lugar en el mundo porque sabe que es tan solo un jugador más en un drama más grande que él mismo”, o dicho con menos prosa, alguien que no se siente más que nadie pero tampoco menos que nadie.

Una persona humillada, por otra parte, es alguien que resultó ser el perfecto comprador de un argumento ofensivo expuesto por alguien más, y el cual utilizó para definirse a sí mismo.

La diferencia fundamental, por tanto, entre el humilde y el humillado, radica únicamente en el lugar en donde cada uno busca su propio significado o valor personal.

En las organizaciones, cuando se presentan estas situaciones, lo que he observado es que se siente lo mismo no importa el nivel jerárquico; sin embargo, en niveles más altos, en donde se espera de las personas un trato con mayor etiqueta, el sentimiento rara vez es expresado. En niveles menores, al no haber tanto requerimiento de etiqueta en el trato, este es más inocente y por lo tanto más expresivo, y a veces más agresivo.

En cualquier caso, sin importar el nivel en el organigrama, pareciera ser que el culpable del malestar del “humillado” es quien “humilla”, pero esta realidad puede resultar bien distinta dependiendo tan solo de la óptica que se use para interpretarla. Todo lo que nuestros sentidos perciben es neutro, y nuestra mente se encarga de darle significado, es decir, que en realidad no hay nada malo ni bueno sino solo hasta el momento en que así lo definimos de acuerdo con nuestra creencia al respecto.

En la misma medida, el trato que se recibe de otras personas puede también ser interpretado de manera diferente dependiendo de la información, o sistema de creencias, que uso para interpretarlo. Personalmente, pienso que a uno nadie lo puede humillar. Para mí, creer que alguien podría humillarme equivaldría a creer que esa persona tiene una especie de poder sobrehumano sobre mí, cosa que no me suena plausible pues nadie es más ni menos que yo, y más bien sería como si yo mismo me pusiera una venda en los ojos y me desempoderara voluntariamente.

Pero por otro lado, una cosa muy distinta sería que esa persona suelte un argumento denigrante u ofensivo y que yo se lo compre, y de ahí que yo mismo me humille; pero eso es muy diferente a que esa persona tenga realmente el poder para humillarme. Si le compro su argumento, yo mismo me encargaría de darme palo por estar buscando mi propio significado por fuera mío.

Si creo que lo que viene de afuera de mí es lo que define quién o qué soy, y lo que me está llegando es un argumento denigrante, pues lógicamente voy a sentirme ofendido y humillado. Y eso pasa porque no he hallado nada adentro mío que llene el espacio de mi propia definición como persona… Pero que no lo haya hallado no quiere decir que no esté ahí.

La persona humilde, por otro lado, sabe bien lo que vale y por eso no necesita que se lo diga nadie desde afuera, pues usa su propia definición. A esta persona resulta difícil inducirla a sentirse humillada, porque muy difícilmente va a comprar el argumento ofensivo que le pretenden vender para que se defina a sí misma.

Entonces, a estas alturas, pareciera nuevamente evidente ante nuestros ojos el mecanismo a través del cual se sufre o se goza una situación cualquiera: nuestras creencias. Y de todas estas, creer que nuestro valor personal está definido por fuera de nosotros es quizá la creencia más perjudicial de todas, y tristemente, también de las más arraigadas en nuestro medio, pues una cosa es decir de boca para afuera que “yo valgo por lo que soy, y yo defino lo que soy” y otra cosa muy distinta es sentirlo y vivirlo. La mayoría de la gente lo sabe y lo dice, pero muy pocos lo viven realmente.

Revisa ese revuelto que a veces tienes en el pecho. ¿Dónde estás buscando tu propio valor?



ACERCA DEL AUTOR

Santiago Mariño está certificado como Coach Ejecutivo y Coach en Inteligencia Espiritual en Organizaciones, y apoya a personas y empresas en sus procesos de cambio interno. Actualmente es director de SantiagoMariño - Inteligencia del Cambio y es consultor asociado en Puentes Al Liderazgo. Para mayor información acerca de sus servicios, por favor haga click aquí.


Este newsletter es de distribución gratuita, pero respetaremos su decisión de no recibirlo en adelante si ese es su deseo.
En tal caso, por favor responda este correo indicando en el asunto "Dar de Baja".

Todo el contenido © 2011 - SantiagoMariño Ltda.